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Ilustrado por: Deivy

Draco Lizárraga

 

 

 

Era medianoche y comenzaba a refrescar bastante. Una fina capa de niebla comenzaba a formarse sobre las lisas aguas de la laguna, y sólo se escuchaba el sonido de los grillos y el croar de algunas ranas. Era una típica noche de otoño en la sierra. Modesto continuaba cavando pozos por donde el detector indicaba que había algún objeto metálico. Tenía más de cuatro días en sus pesquisas, empero, sólo había encontrado cacharros oxidados. Pese a que ya estaba exhausto, quería encontrar lo que le pertenecía por herencia, algo que su padre hubiera deseado recuperar. Se trataba de los centenarios de oro de la antigua mina de su familia, los Iriarte. Su tatarabuelo, don Lorenzo Iriarte, había fundado la próspera mina de La Laguna en 1882, llegando a ser uno de los hombres más ricos de El Rosario durante el Porfiriato. Desafortunadamente, la sobreexplotación y la Revolución hundieron la producción del mineral; después, en 1937 le acaeció una inundación total luego del desbordamiento de arroyos durante un huracán, quedando cerrada permanentemente. Para cuando Modesto nació, La Laguna ya era sólo un lejano recuerdo de su abuelo, don Eusebio Iriarte, dado que su padre nació después de la clausura.

El padre de Modesto, pese a que ya no conoció la prosperidad de antaño, fue un hombre derrochador que terminó por agotar el capital de los Iriarte, además de malbaratar las propiedades que le quedaban. Antes de fallecer, siendo Modesto niño aún, don Eusebio le dijo que él mismo había encontrado un par de centenarios en los terrenos contiguos a la mina, los cuales nunca se secaron y quedaron convertidos en una ciénaga.

一Ten hijito 一le dijo el anciano poniéndole una pesada moneda de oro al niño一. Guárdala tú, y prométeme que nunca le dirás a tu papá que la tienes o donde pudiera encontrarlas. 

一Sí abuelo, no le diré.

一Hay muchas de estas monedas en las tierras que están cerca la mina 一prosiguió don Eusebio一, por donde corrió el arroyo el año de la inundación. Búscalas cuando seas grande.

Don Eusebio falleció algunos meses después de éste diálogo, pero a Modesto le quedó muy presente en su memoria la promesa que le hizo a su abuelo. Su abuela, quien era muy supersticiosa, le dijo al infante que uno nunca debe de romper una promesa aún si la persona moría luego de que éste le relató sobre lo que le había contado su abuelo.

Pasaron muchos años, y ahora Modesto siendo un hombre joven decidió ir a buscar los centenarios de oro poco tiempo después que su padre falleció. Si los encontraba, podría ganar un dinero que necesitaba para saldar algunas deudas que comenzaban a ahorcarlo, y con un poco de suerte lograría ahorrar algo. En cuanto le dieron sus días de vacaciones laborales, pues era aún temporada turística baja en Mazatlán, el joven partió hacia los antiguos terrenos de su familia, en las partes serranas de El Rosario.

Luego de cruzar caminos de terracería, pequeños poblados y cerros, Modesto llegó al sitio donde lo habían llevado su abuelo y su padre para enseñarle la ubicación de la mina. Los terrenos aún le pertenecían a los Iriarte, pero a causa de estar permanentemente inundados y a su difícil accesibilidad, jamás pudieron venderlos. El mineral se encontraba en un pequeño valle entre cerros, a lo largo del cual se extendía la laguna que había quedado después del huracán. Según su abuelo, cuando don Lorenzo había fundado la mina, le puso el nombre de La Laguna debido a que ya existía una pequeña laguna poco profunda en medio del valle, y le daba un aire de serenidad al lugar; no obstante, el ahuecamiento y debilitamiento del subsuelo producidos por los trabajos mineros hicieron que el cuerpo de agua se tornase más profundo y extenso cuando la tempestad inundó la mina. 

En cuanto llegó al sitio, Modesto montó su campamento y comenzó a excavar en los alrededores de la laguna. Empezaba desde temprano y continuaba hasta ya entrada la noche, cuando el incipiente frío de la sierra y el cansancio lo vencían. Ante sus jornadas infructuosas, su frustración devino en desencanto; hasta llegó a pensar que su abuelo había inventado el presunto hallazgo de monedas en las inmediaciones de la mina. 

一Seguramente rapiñaron los centenarios hace décadas 一decía en sus pensamientos一. Mi pobre abuelo se inventó esto del tesoro perdido para sentir que aún quedaba algo de valor en estos terrenos inútiles.

En la medianoche del cuarto día, la lámpara del joven se quedó sin pila, dejándolo sólo con la exigua luz de la luna menguante. Entonces, decidió descansar y continuar al día siguiente. Salió del pozo que dejó a medias, se sentó en una roca en la orilla de la laguna, dio un trago a la botella de bourbon que llevaba y comenzó a fumar mientras contemplaba el paisaje nocturno. La soledad y el silencio que lo rodeaban, aunado a la ansiedad provocada de no poder juntar el dinero suficiente para pagar sus deudas, comenzaron a infundirle un profundo agobio. Pese a que sus familiares y amigos le decían que tenía toda una vida por delante y que era cuestión de luchar por salir avante, Modesto pensaba que su futuro no era nada prometedor. Le aterraba vivir una vida mediocre, y uno de sus sueños era restaurar el antiguo prestigio de su familia. Su malestar llegó a tal extremo que con la muerte de su abuela unos pocos meses atrás, luego de ver su semblante de profunda e inquebrantable paz cuando la velaban entre cirios y rezos interminables, había estado pensando en el suicidio. Al final de cuentas, tarde o temprano tenía que morir, y el mundo no cambiaría en lo absoluto si fallecía. Pero la consciencia del dolor que causaría a su madre y seres queridos con ello lo frenaba. A veces simplemente deseaba ya no despertar. No obstante, pese a la soledad que sentía en ese momento, la belleza de los paisajes naturales atizaba un poco sus ganas de vivir.

El joven no recordaba haber contemplado una noche tan hermosa. La poca luz lunar hacía que las estrellas se vieran muy claramente en el firmamento, y se reflejaban sobre el espejo de agua. Apenas se distinguía la sombra de los cerros, robles y encinos circundantes. Modesto estaba fascinado por esta vista, que le parecía digna de una pintura, como las «Noches estrelladas» de Van Gogh o Edvard Munch. Sin embargo, un tenue brillo surgió en medio de la laguna y lo hizo volver la vista. Por un momento, el joven pensó que era el reflejo de algo en el cielo; sin embargo, cuando reenfocó su mirada, se percató que era un resplandor levemente azulado, tembloroso como una flama, lo que estaba al medio del cuerpo de agua.

Sorprendido y cavilando sobre qué era eso, Modesto no tardó en recordar de que su abuela le había contado sobre los fuegos fatuos, flamas nocturnas que indicaban el lugar donde había un tesoro. Pese a que el joven no era supersticioso, pensó que por esta ocasión vería si lo que contaron sus mayores era cierto. Entonces, retomó su pala, se quitó la camisa y se metió a la laguna, caminando lentamente hacia el fuego. El agua estaba helada y el fondo era muy fangoso; era difícil caminar con rapidez pese a que sólo estaba sumergido hasta el ombligo. 

Comenzó a titiritar del frío que sentía, pero confiaba en que con el esfuerzo físico de excavar se calentaría algo. Cuando estuvo a punto de llegar a la flama, esta se desvaneció y luego percibió un olor insoportablemente fétido; el aire era irrespirable y hasta los ojos le lagrimeaban. Aun así, él intentaría probar su suerte. Clavó entonces su pala en el fangoso fondo, y la peste se volvió aún más intensa. Revisó la paleta, y al tentar se dio cuenta que había sacado dos centenarios.

Una gran euforia lo llenó entonces, para ser seguida de una fuerte tos. Sentía que le faltaba el aire, por lo que guardó las monedas en su bolsillo y se encaminó hacia la orilla. Sus ojos no paraban de llorar, y aunque intentaba respirar no conseguía retener el aliento. En cuanto llegó al borde de la laguna, cayó de rodillas al mismo tiempo que tenía otro ataque de tos. Por un momento, sintió cierto alivio y sacó los centenarios para verlos. Pensó en su abuelo y en la promesa que le hizo; alzó la mirada al hermoso cielo estrellado, y le dio las gracias hasta donde quiera que se encontrara. 

Entonces volvió a toser, y arrastrándose hacía su tienda de campaña tomó grandes tragos de agua de los galones que había llevado. Eso lo alivió algo, por lo que decidió tomar un último trago de su bourbon, cambiarse la ropa mojada y retirarse a dormir. Así lo hizo, y pocos minutos después se durmió. Jamás volvió a despertar, y el mundo prosiguió sin sobresaltos hasta que hallaron su cuerpo unos días después, empuñando fuertemente los centenarios que había sacado. Había inhalado los gases tóxicos que originan a los fuegos fatuos con la putrefacción de las lagunas y pantanos.

Draco Lizárraga

Draco Lizárraga

Autor

Draco Lizárraga (Mazatlán, Sinaloa, 1998)

Biólogo marino. Colaborador recurrente de la revista CULCO BCS con artículos de divulgación científica e histórica. Ganador de mención honorífica en el Certamen de Ensayo de Divulgación de la UABCS. Ha publicado el relato “Los cauques” en la Revista Alcantarilla, Mazatlán. Actualmente estudia una maestría en Ecología Marina y Pesquera en Boulogne-sur-Mer, Francia.

Deivy

Deivy

Ilustrador

Me llamo Deivy Castellano. Pintor aficionado, intento que mi trabajo hable por mí mismo. Trabajo para ser un polímata, en mi tiempo libre soy un misántropo auto exiliado en Marte.

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