Fotografía por: Ixkozauki Hermosillo
Ixkozauki Hermosillo
Cuando el afecto se mide en decibelios, solo unos pocos artistas en el mundo pueden batir récord en una ciudad que ya de por sí habla alto. Joan Manuel Serrat lo hizo una vez más en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2025. El amor de un público entero estuvo a punto de echar por tierra un acto que, paradójicamente, celebraba la palabra.
El Auditorio Juan Rulfo, el más grande de Expo Guadalajara, había quedado pequeño. Miles de jóvenes (y no tan jóvenes) aguardaban desde horas antes para escuchar a un hombre de ochenta y un años que, sin pretenderlo, se ha convertido en puente entre dos lenguas, dos orillas del Atlántico y varias generaciones de lectores y melómanos. Joan Manuel Serrat llegaba a la FIL como cantautor y como símbolo vivo de una época en la que la cultura fue un acto de resistencia. Lo que nadie imaginaba, ni siquiera la directora de la feria, Marisol Schultz, que ya temía un desborde, es que el cariño hacia el catalán convertiría la tarde en una demostración de fuerza casi incontrolable.
El evento, programado dentro del ciclo «Mil Jóvenes con…», tenía como interlocutor a un viejo amigo de Serrat: el escritor mexicano Benito Taibo. La complicidad entre ambos se remonta a los años en que el músico se exilió en México, perseguido por los últimos coletazos del franquismo. De aquella época, Serrat ha dicho con el tiempo: «Dejé de ser alguien que viajaba a México, para ser alguien que conocía México, que lo amaba». Esa deuda afectiva, pagada durante décadas con conciertos memorables y una relación casi familiar con el público mexicano, explotó aquella tarde de diciembre en forma de gritos, empujones y letreros de «cupo lleno» que no lograron contener la marea.
Diez minutos después de iniciado el diálogo, Serrat abandonó el escenario. Se retiraba porque el bullicio de quienes se habían quedado fuera del auditorio le impedía escuchar a Taibo. Los gritos de «¡puertas abiertas con Serrat!» resonaban con tal intensidad que la conversación se había vuelto imposible. Fue un gesto de coherencia: si algo ha defendido el cantautor durante toda su vida es el derecho a la palabra, y no estaba dispuesto a que esa tarde se convirtiera en un mitín sordo. Durante un cuarto de hora, la incertidumbre se apoderó de la sala. El público que sí había logrado entrar encontró una forma hermosa de devolverlo: cuando Serrat regresó, lo recibieron con un aplauso en lengua de signos, agitando las manos en el aire para evitar el ruido que lo había ahuyentado momentos antes. El afecto también puede ser silencioso.
La conversación, una vez restablecida, transitó por los territorios que Serrat domina con maestría: la memoria, el humor ácido y la política. Taibo, en su papel de provocador amable, le lanzó una de esas preguntas que el catalán ha escuchado mil veces: «¿Piensas en catalán o en español?». La respuesta fue fulgurante y dejó clara por qué lleva seis décadas dejando en ridículo a los simplificadores: «Bastante esfuerzo hago en pensar como para pensar en qué pienso». Era la misma agudeza que años atrás le había llevado a zanjar el eterno debate lingüístico con otra sentencia memorable: «Cuando me preguntan si prefiero cantar en catalán o en castellano, contesto que en la que me prohíban». En una feria donde Barcelona era la invitada de honor y donde la lengua catalana ocupaba un lugar central, esa afirmación era una declaración de principios. Como señalaría el escritor Juan Pablo Villalobos, jalisciense afincado en Barcelona: «En México, la lengua catalana se descubrió a través de Serrat».
Lo que marcó la tarde fue la capacidad de Serrat para moverse con más soltura por los terrenos políticos que por los artísticos. Ante una audiencia mayoritariamente joven, que le interrogó con incisivas preguntas sobre el presente, el cantautor no eludió el conflicto. La extrema derecha, tanto en América como en Europa, fue blanco de su reflexión. Dijo que la esperanza y el miedo son las dos emociones principales para navegar una época de incertidumbre que aqueja especialmente a los más jóvenes. Serrat habló como un intelectual que entiende que la cultura sin compromiso no es más que ornamento.
La agenda de Serrat en Guadalajara no se limitó al auditorio desbordado. Días antes, la Universidad de Guadalajara le había conferido el doctorado honoris causa, un reconocimiento a su legado que compartió con el escritor cubano Leonardo Padura, también distinguido por la institución. En su discurso de agradecimiento, Serrat dejó una frase que resonaría en los días siguientes: «Deseo que el México de los libros le gane al México de las armas».
La feria también fue escenario de una celebración de la amistad. Serrat presentó el libro «Y uno se cree», del escritor español Jordi Soler, una crónica de cómo dos universos creativos (el de la canción y el de la literatura) intentaron escribir juntos una canción. No era la primera vez que Serrat cruzaba la frontera hacia los libros: durante toda su vida ha transitado entre la música y la palabra escrita con la naturalidad de quien entiende que ambas son formas de la misma urgencia.
«Si no me hubieran invitado, me habría invitado», había dicho Serrat en una presentación a medios que, como todo lo demás, había reventado la sala de prensa de la feria. Anna Guitart, comisaria del programa cultural de Barcelona, no se equivocó cuando lo presentó como el mejor embajador posible de la cultura catalana en tierras mexicanas. Serrat no necesita banderas ni credenciales diplomáticas, su embajada es la canción, su territorio la memoria colectiva, su moneda de cambio la emoción compartida.
Serrat no se quedó en los grandes auditorios abarrotados, demostró que la cultura, cuando es verdadera, se sale por las puertas, se cuela en las taquerías, se canta a coro en los hoteles y, sobre todo, se queda en la memoria de quienes tuvieron la suerte de estar ahí cuando el mito decidió, una vez más, caminar entre la gente.

Ixkozauki Hermosillo
Director de Edición
(Guadalajara, 1996)
Escritor, editor y fotógrafo. Ganador del concurso Creadores literarios FIL Joven 2012; coautor de la antología La voz de los pasos (Mano Armada, 2018), de la plaquette Mirada, palabra, poesía en 2020 y de la antología Voces en el tiempo en 2024, ambas publicadas por la Editorial Universidad de Guadalajara. Seleccionado ganador de la Convocatoria Libre Noviembre 2024 por la Editorial ITA en Colombia. Participó en la edición 28 del Encuentro Internacional de Poetas de Zamora. Textos suyos han aparecido en distintos medios: Versorama, Revista Gremios, El Comentario Semanal de Colima y Revista Katabasis. Estudió las licenciaturas de Abogado y Periodismo y comunicación.
