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Ilustrado por: Elienai Lucero

Elienai Lucero Hernández

 

En el panorama del cine mexicano, pocas obras logran ser tan personales y universales como «Soy Frankelda», la primera película nacional realizada íntegramente en stop motion. Dirigida por Arturo y Roy Ambriz, del estudio Cinema Fantasma, la cinta no solo amplía el universo de la serie «Los Sustos Ocultos de Frankelda», sino que construye una maravilla visual y poética sobre la creación, la memoria y la escritura como acto de supervivencia. A diferencia de muchas producciones animadas contemporáneas, esta película no teme ser oscura, colorida, de una estética única, arriesgada y emocionalmente compleja. Su protagonista, la escritora de terror que vive a través de sus cuentos, encarna varias preguntas que atraviesan a todo aquel que alguna vez ha escrito para salvarse: ¿qué nos empuja a seguir creando, incluso cuando el mundo parece no necesitar nuestras historias? ¿Escribimos para publicar o para sobrevivir? ¿Qué nos hace escritores?

El stop motion aquí no es solo una técnica, me parece que es la mejor forma de darle más amplitud a este tema: es una metáfora. Cada movimiento de las marionetas, cada sombra cuidadosamente colocada, es un recordatorio del esfuerzo humano detrás del arte. La animación cuadro por cuadro se convierte en una alegoría del proceso de escribir: paciente, emocionante, obsesivo incluso.

En tiempos dominados por la inmediatez digital, «Soy Frankelda» reivindica la escritura y la imaginación como forma de resistencia. La estética gótica construye un universo que respira entre lo tangible y los sueños, hay obvia inspiración de Mary Shelley, sí, pero también de algo profundamente mexicano: esa mezcla entre lo que nos imaginamos del más allá, se encuentra belleza en el horror (como alguna vez se le dijo a Guillermo del Toro), entre lo que duele y lo que sana.

El resultado es una película visualmente hipnótica, donde cada textura parece tener alma. Personajes que aluden especies mexicanas, nuestra mitología, la riqueza de las leyendas que buscan narrar lo inexplicable. La película emociona porque nos habla de todo lo que hay en el proceso de aquello que es crear.

La figura de Frankelda no es la de una heroína luminosa, sino la de una autora silenciada que busca escribir su propia historia. Su voz —firme, cansada, indómita— nos recuerda a todas esas escritoras que fueron enterradas bajo los nombres de otros, o que desaparecieron antes de ser escuchadas. Esa insistencia es el corazón de la película: la escritura como un pulso de vida.

En su carta final —esa voz que resuena entre ecos y ceniza, pero llena de vida y de ganas—, Frankelda deja claro que las historias que no se cuentan nunca mueren del todo. Escribir, es un acto de amor, de resiliencia y resistencia. Escribir salva vidas. Salvo la mía.

Si lo pensamos bien, aquellos que escribimos desde la forma profesional, hasta un diario, un reportaje, un cuento, en general, quienes sanamos escribiendo, podemos ver que este filme también funciona como una declaración colectiva. Nos recuerda que en México —donde tantas voces artísticas enfrentan la precariedad, el olvido, lo estrictamente vendible, la academia o la censura— el arte sigue siendo una forma de salvación. Que el stop motion mexicano, con su esfuerzo casi artesanal, es también una manera de decir: «seguimos aquí», un equivalente a «lee, crea».

Por otro lado, la película también rescata el sentimiento de frustración que a todos nos ha embarcado en cuestionarnos si realmente somos buenos, si los talleres, los cursos y las técnicas que usamos son o no suficientes para contar aquello a lo que le dimos vida en el papel. O lo difícil que es dejar ir un texto como lo concebimos, para que cambie, sea corregido, evolucione y funcione de la menor manera.

Como espectadores, la película nos interpela directamente. Nos confronta con nuestros propios fantasmas creativos: las historias que tememos escribir, los miedos que nos paralizan, los recuerdos que insistimos en olvidar, aquello que necesitamos enfrentar. Y en ese espejo oscuro, Frankelda nos ofrece consuelo: escribir a veces nos libra del dolor, aún si estamos en el proceso de aprendizaje, aún si no somos los siguientes ganadores del Nobel de literatura.

Quizá por eso, al terminar la cinta, queda una sensación difícil de nombrar. No solo admiración estética, sino gratitud. Gratitud hacia esa voz que se negó a desaparecer, hacia ese equipo de artistas que trabajó con paciencia infinita para darle forma al miedo y luego transformarlo, deshacerlo.

Yo no diría que esta es simplemente una película animada: es una oda y una rebelión. Un recordatorio de que las historias pueden salvarnos, una y otra vez, ya sea que las escribamos, o las leamos. Porque mientras haya alguien que siga escribiendo, el silencio nunca ganará, y muchas veces no necesitamos que nos lean y somos todos como ella, hechos de tinta, que vivimos, porque podemos escribir, escribimos para poder vivir el caos que habitamos.

Elienai Lucero Hernández

Elienai Lucero Hernández

Directora de Multimedia

Me llamo Elienai Lucero Hernández, me llaman Elienai, Lluvia, Kumy, Niennai, Nai, Nani, a veces soy Lúth L. L. H. En casi todas mis versiones soy aficionada de la literatura, la loca de los cuadernos, dibujos y misionera de la revista Katabasis ¿Ya leíste todos los números? ...deberías.

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