Imagen: Caro Poe
Gabriela Alfred
Siempre tuve un fetiche con los libros largos, veo uno gordito en la librería y como imán me dirijo primero a ese. Es que para mí los libros siempre fueron mi rincón feliz, como el de tanta gente que prefiere viajar sentada, en la comodidad de su cama y su mente. Además, siempre caigo en la trampa de creer que los libros extensos no dejan cabos sueltos que me van a tener con la ansiedad a flor de piel semanas después, aunque, como ya lo descubrí, esto no tiene nada que ver con la extensión. Aun así, creo que la costumbre me gana y siempre termino teniendo un libro grandote ahí, justo al lado de mi cama. Hasta su misma presencia física supone una “habitación propia” para mí.
En fin, hace mucho tiempo que quería leer Guerra y Paz. Ya desde el nombre me pareció muy épico y todo; y justamente una amiga librera lo consiguió en una edición muy bonita que me enamoró en cuanto la vi. Así que ahorré un par de meses para comprármelo, y lo comencé a leer con una emoción contenida de años. Sin embargo, el desarrollo de la lectura no se dio como pensé. Ahora, no es que Tolstoi fuera extraño a mí, ya había leído Ana Karenina un tiempo atrás y me gustó bastante, aunque algunas de sus reflexiones muy tolstianas me exigían más concentración de la que a priori, estaba dispuesta a poner en un libro tal.
Pero ahí viene Guerra y Paz a poner a prueba mi paciencia como ningún otro libro que haya leído antes; por eso, me pareció interesante externalizar un poco en palabras todos los sube y baja que tuve con esta lectura. Como ya dije, estoy acostumbrada a leer libros extensos, me encanta leer libros extensos para ser más específica, ya mencioné algunas razones del porqué; y más aún, me cuesta menos leer un libro extenso que un poemario. Entonces comencé a leer Guerra y Paz con muchísimas ilusiones.
Voy a hacer un paréntesis para contar una cosa, que parece fuera de tema pero que servirá para graficar mejor el proceso. Cuando era pequeña vi por primera vez una ceremonia de apertura de las olimpiadas, estaba el tipo que corría con la antorcha y en lo que corría se cayó. Al principio me quedé asombrada, pensé que de verdad se había caído, aunque luego me di cuenta que lo hizo con mucho dramatismo y además no se levantaba de inmediato, luego siguió corriendo y volvió a caerse. Después, escuchando lo que contaron los relatores entendí que estaba simbolizando las dos guerras mundiales, cuando los juegos olímpicos fueron suspendidos. Pero fue una imagen que siempre quedó en mi cabeza, hasta hoy. ¿Por qué hablo de esto? Pues porque justamente así fue mi proceso de lectura de Guerra y Paz. No una, ni dos, sino varias caídas dramáticas en medio de la lectura por diferentes motivos: cansancio mental, cansancio emocional y hasta Tolstoi logró plasmar en mí ese sentimiento del absurdo a un nuevo nivel. Sí, fue toda una experiencia existencial también.
A mí, los libros de filosofía me encantan, y considero que lo que Tolstoi hace en esta novela no es más ni menos que una filosofía de la historia adornada con ficciones. Sus personajes son excusas para presentarnos una y otra vez su teoría de, vamos a ponerlo así, el azar y el caos que rigen todo: la desmitificación de las grandes figuras y de las grandes pasiones y de las grandes creencias espirituales. En fin, Guerra y Paz es un libro muy grande que busca mostrarnos la pequeñez de las cosas en un universo que solo se nos presenta comprensible en muy determinados momentos. ¿Qué es lo que mueve a los pueblos a la guerra? Ideas. Ideas particulares de individuos particulares que solo adquieren potencia en cuanto esa idea puede impregnar el imaginario de una multitud, de un pueblo… pero ¿cómo se logra ese salto? ¿Un ideal particular a un ideal general que mueve a una acción de consecuencias inmensas? Eso es justamente lo que no podemos saber, y Tolstoi se encarga una y otra vez de hacerlo notar a lo largo del libro.
Como dije, a mí la filosofía me gusta mucho, pero yo no tomo un libro de filosofía con las mismas expectativas que una novela, y las expectativas valen mucho. Primero, si leo un libro de filosofía procuro tener un lápiz en mano y sin pena traspaso la “sacralidad” del libro para profanarlo con mis reflexiones y dudas. Segundo, no lo leería en mi cama, sino en una mesa a plena luz del día. Tercero, estoy preparada para leerlo de manera muy lenta, repitiendo párrafos y desmenuzando una a una las palabras para crearles un sentido propio que me ayude a entenderlas. Por el otro lado, si leo una novela, simplemente me preparo para dejarme llevar por el autor, me entrego alma y mente a su mundo, en donde, por lo general, el entendimiento no es un problema; es secundario, llega por sí solo. Mi mamá me leía cada noche antes de dormir, por lo que para mí es un hábito de vida leer aunque sea dos páginas antes de acostarme; así que una novela siempre está conmigo en la cama o al lado, me siento incompleta de otra manera. Entonces Tolstoi me puso en apuros, me sacó de mi zona de confort, no sabía a ratos si correr a traer un cuaderno y un lápiz o simplemente aceptar que entre el blanco y el negro hay muchos tonos que me niego a aceptar porque soy un animal de hábitos.
Sentí también que los personajes eran hostiles, y recalco aquí, no hostiles entre sí, sino hostiles conmigo. Ni yo los quería ni ellos a mí, y si acaso llegué a querer a uno, ese fue el primero en abandonarme. Paré muchas veces, o caí, si seguimos la metáfora anterior. En medio leí otros libros, lo más alejados posibles del plomo de la literatura rusa. Pero también me volví a emocionar cada vez que retomaba la lectura, finalmente fue una relación un poco tóxica. Otra cosa, nunca me planteé, ni por un segundo, abandonar el libro, estaba muy comprometida, quizás como nunca antes, con esa lectura.
En conclusión, ¿qué puedo decir? Guerra y Paz no es un libro que puedas decir si te gustó o no, es más que eso. Para mí, al menos, fue un ejercicio: de paciencia, de persistencia y de amor, sobre todo de amor. Yo siempre he dicho que amo los libros, pero hasta ahora no me había probado a mí misma esto que daba por hecho. Leyendo Guerra y Paz, pude comprobar que es un amor verdadero, y sobre todo desinteresado. No sé si me gustó o no, ¿fue épico? Obviamente, aunque es una definición ambigua. Creo que lo que puedo concluir es que me hizo descubrir cosas en mí y en mi carácter que no conocía y que me terminaron gustando y, al final, creo que ese es un gran halago para un libro.
Autora

Gabriela Alfred
Directora de Redacción
Soy de Bolivia, nací rodeada de montañas y agua dulce. Me licencié en Filosofía y Letras por purito placer y hasta el día de hoy sigo buscando profesionalizarme en saberes inútiles. Escribo porque me hace feliz, leo porque no puedo vivir siempre en mi propia mente. Me gusta tejer, las historias ñoñas de amor, la fiesta y las conversaciones en la madrugada.
Ilustradora

Caro Poe
Directora de Diseño
Diseñadora gráfica.
Soy encargada del departamento de Diseño e Ilustración de este hermoso proyecto. Estudiante de Letras de la Universidad de Buenos Aires.
Como no soy escritora, encuentro de gran complejidad describirme en un simple párrafo, pero si me dieras una hoja, un bolígrafo y 5 minutos, podría garabatearlo.