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Ilustrado por: Elienai Lucero

Malena Cid

 

 

 

Suponía que estaba enojada, después de todo tenía buenas razones, pero la realidad era que la palabra quedaba corta para describir lo que le corría por dentro.  Sus sentimientos bien podían describirse en términos más prosaicos pero acertados: se la llevaba la chingada, estaba hasta la madre o absolutamente jodida y así seguía la lista de expresiones cada una más soez que la anterior.

Aunque quizás se trataba de tristeza. Inconscientemente Julia Bonilla se llevó una regordeta mano hacia su rostro para tocar la pequeña cortada que desfiguraba sus labios y dio un respingo de dolor.

Condenado Pancho, si que tienes la mano pesada, hijo de tu madre…, pensó con los ojos puestos en la oronda figura de Francisco López, quien yacía desparramado sobre el colchón, borracho como una cuba.

Un instante de odio cegador la hizo estrujar los dedos. El padre Álvaro le había dicho, la única vez que se había quejado de los golpes, que el dolor era bueno porque ayudaba a purificar el espíritu. Si eso era cierto, ella se acercaba a la santidad. Dios sabía que Pancho se había encargado de dejarle el alma inmaculada.

Nada de tristeza, decidió presionar la herida, para regodearse en la sensación ardiente, el sentimiento que le corría por dentro no tenía nada de santo.  No era virtud, sino pecado, más exactamente ira, pura y caliente.

Y no podía hacer nada con ella excepto tragársela y seguir trabajando como mula, levantando el tiradero, arreglando la casa y aguantando, exactamente como la buena esposa que debía ser.

No importaba cómo lo viera, el asunto era que estaba jodida, era imposible escapar de su esposo, y tras ver la reacción de su párroco, ni quien la ayudara.   

Esto es México, pensó, aquí el matrimonio era tal y como decía su finado suegro: sierva te doy y no mujer, trátala como mula de alquiler.

Exasperada con su propia pasividad, Julia encendió la tele, esperando que María Isabel, la novela de las cuatro de la tarde, comenzara. Algunas veces era necesario escapar de la realidad y nada mejor para hacerlo que perderse en los infortunios de otros.

Sin embargo, fue la monocorde voz de Jacobo Zabludosky, quien la recibió, recitando una superficial descripción de las protestas de los muchachos del Poli y la UNAM contra la próxima Olimpiada, con aburridas escenas de la construcción del Palacio de los Deportes como telón de fondo. 

¿Qué carajos podía importarle a ella?

En esos momentos, la política, las protestas y la mugre olimpiada le tenían sin cuidado; lo que necesitaba ahora, era enterarse si Ricardo Mendiola le había puesto el cuerno a su virtuosísima esposa. Saber que no era la única, que algo tan desagradable podía ocurrirle aún a una mujer de ficción como María Isabel, la llenaba de una alegría malvada.  La sordidez de su vida no desaparecía con las telenovelas, pero se la hacía soportable. 

Al pueblo pan y circo pensó con una nota de autocensura pero como a Pancho le gustaba decir: Esto es México.

La vida no se detiene pensó mientras levantaba del suelo una camisa manchada con carmín. Ni siquiera cuando tu marido te pone los cuernos, se emborracha y después te pega cuando le reclamas…pinche puto, cabrón… 

Por un momento el rencor fue tan abrumador que Julia pensó que estallaría en llamas, pero ni siquiera prendió un poquito. Debía tener la yesca mojada por dentro, de tanto tragarse las lágrimas. Toda esa agua que no echaba pa fuera, se le quedaba ahogándola de a poco.

Si era honesta con ella misma, debía admitir que lo que menos le importaba era con quien se revolcaba Pancho, es decir, no mucho.  Su orgullo salía mal parado y nada más, de todos modos acostarse con él no era una de sus actividades favoritas y no por falta de interés en el sexo. 

Nada más lejano de la realidad.

De adolescente, por «accidente», Julia había descubierto que podría ser muy divertido tocarse entre las piernas y se había dedicado a hacerlo con energía.  De nada habían servido los regaños de su madre —que de tonta no tenía nada— ni la amenaza de ir a dar con sus huesos al infierno que era el destino de las jóvenes díscolas, según enseñaban en la escuela para Señoritas del Sagrado Corazón, sin que las monjas supieran que la idea del pecado sólo servía para calentar más Julia.

Ahora que lo pensaba, quizás ni su madre, ni las hermanas habían estado tan equivocadas.  Al final, Julia había terminado en el infierno porque Pancho era el diablo.

O mejor dicho un pobre diablo, quien le dijo: Las mujeres decentes no gozan en su noche de bodas.

De eso habían pasado varios años ya, y aun antes de que su marido adquiriera sus actuales dimensiones y ciertos hábitos desagradables, sus ganas de Pancho se habían convertido en repulsión disfrazada de inapetencia. Después de todo ¿A quién le gustaba yacer inmóvil bajo un cuerpo gordo y fofo que sólo resistía tres minutos —como máximo— de empujones antes de descargarse. Ser la vieja en turno de Pancho, era igual a ser letrina.

Mejor no pensar en el asunto o terminaría por vomitar, y el cuarto ya apestaba demasiado.

 Desde cualquier punto de vista, no era el amor, y menos el sexo, la razón de su ira. Lo que, en verdad, la encabronaba era la necesidad patológica de Pancho de negar sus aventuras cuando Julia sabía de sobra cuando andaba con alguna vieja.

—Si te digo que la burra es parda es porque tengo los pelos en la mano —dijo a su dormido esposo. 

Él parecía creer que negándolo todo, el asunto se borraba y mantenía la imagen que le gustaba proyectar, aunque en realidad era bien sabido que Pancho López era una puta en cuestiones políticas, una criatura acomodaticia con la moral y lealtad de un gato callejero. Su fama de mujeriego y jugador era tal que a Julia le daba vergüenza dar la cara en público.  Por si fuera poco, gastaba más dinero del que ganaba y ella sabía que los extras los obtenía de sus negocios turbios pese a lo cual la economía de su casa siempre estaba cerca a la bancarrota.

Como hombre de negocios Pancho se moría de hambre, pero como ladrón de guante blanco… bueno tampoco era tan blanco. Algunos de sus fraudes eran tan burdos que si no terminaba en la cárcel era porque como a él le gustaba decir: Esto es México Julia, aquí no pasa nada… Y a las viejas pendejas y metiches se las lleva la chingada.

Julia podía ser metiche, callada, vestirse con poca gracia e incluso verse acabada y gorda, pero pendeja no era. De eso nada. Si aguantaba a Pancho era porque no tenía más remedio, ya que el divorcio no era una opción, a menos que quisiera convertirse en una paria social. 

No es que eso le importara, es decir no mucho, la realidad era que si Julia se tragaba su orgullo y bajaba las manos era por sus hijos, simplemente para que sus muchachos tuvieran un padre, aunque Dios sabía que Pancho dejaba mucho que desear como persona, ya no digamos como papá.

Esto es México y sin duda alguna, aquí el que no transa no avanza… era la frase favorita del cabrón.

Arrullada por el parloteo incesante de Zabludosky, Julia levantó los pantalones del suelo. Al hacerlo, un montón de papeles cayó de uno de los bolsillos desplegándose como hojas secas sobre los azulejos del suelo.  Boletas de empeño… A Julia se le cayó el alma.

—¡Virgen del Perpetuo Socorro! ¿Qué habrás hecho ahora cabrón? 

Automáticamente se dirigió a su viejo y desconchado joyero. No debía sorprenderse pero lo hizo. Aparte de unos dientes de leche el estuche estaba más vacío que una iglesia en carnaval. 

Su enojo se convirtió en rabia. Las manos le temblaban mientras revisaba una por una las tarjetas para cotejar los faltantes como un extraño pase de lista: «cadena de oro con medalla de virgen de Guadalupe, anillo de oro con jade y la inscripción: “Con amor de Pancho”, esclava de oro de 18K con el nombre de Julia grabado en relieve».

—¡Hijo de tu madre! –exclamó, más encabronada que incrédula—. ¿Cómo pudiste?  

Julia se sentó en la cama, derrotada, ya era suficientemente malo que le robara sus joyas para empeñarlas, pero ¿que se atreviera con las de su hija?  Haciendo de tripas corazón, terminó de leer: «Cadena de oro con la imagen del Niño de Atocha». La rabia hizo que crispara las manos, arrugando la boleta, esa era la única joya de su bebé.

Las cosas estaban peor de lo que había supuesto. Si Pancho estaba empeñando sus joyas era solo por dos razones: o su nueva vieja le estaba sacando las perlas de la virgen o estaba en un lío bien gordo y por fin había descubierto sus desfalcos. Tenía que hacer algo ¿pero qué?

¿Denunciarlo? Era impensable. En primera porque era su esposo, y el cabrón de Pancho sólo tenía que decir que era su derecho y si por algún milagro aceptaban la denuncia, cosa que a cada segundo que pasaba le parecía más y más imposible, el hijo de puta únicamente tendría que pedirle a su compadre y todo el asunto estaría más muerto que la justicia en México. Era triste darse cuenta que no había ley que la amparara.

Esto es México Julia y para ti la única ley que vale es la ley de Herodes, o te chingas o te jodes. 

Las lágrimas se le atoraron en la garganta, mientras el odio se convertía en una gran piedra asentada sobre pecho que no la dejaba respirar. Quería con todas sus ganas, gritar hasta romperse la garganta o golpear las paredes hasta que le sangraran los puños. No hizo nada.

Pancho se atragantó con saliva y tosió, su enorme y fofo cuerpo se sacudió haciendo temblar el colchón. Una ventosidad escapó de su hinchado vientre, ruidosa y fétida como la clase de cosas que Julia asociaba a su marido y la política.

—¡Por Dios! —Se cubrió la nariz– reza por tu alma Pancho porque te pudres por dentro— dijo a pesar de que el muy cerdo ni siquiera despertó. 

Asqueada abrió las ventanas. Pancho se agitó y giró en la cama hasta quedar boca arriba y comenzó a roncar escandalosamente. 

Lo que me faltaba…

—Pancho, —lo llamó a pesar de su enojo– Pancho estás roncando.

Él ni siquiera se movió.

—Pendejo deja de chingar.

Él roncó una vez más. Era inútil, seguramente aún estaba borracho. Como dándole la razón, Pancho se atragantó dormido, su pecho se sacudió.

Julia sacudió la cabeza y colocó a un lado del tocador las boletas de empeño. Un día de esos simplemente se ahogaría. Julia sonrió al pensarlo, pero enseguida le entró el desánimo. No, Pancho tenía demasiada suerte para morir así, el hijo de su madre moriría en la cama de un hospital rodeado de gente como si fuera un prócer de la patria.

Esto es México… y la vida tan injusta…

Un nuevo ataque de tos sacudió su hinchada humanidad, su cuerpo fofo se sacudió e incluso abrió los ojos un momento pero después siguió roncando.

—¡Coño, Pancho te vas a morir! – le gritó Julia intentando despertarlo. Con asco se aproximó a la cama y le tocó el hombro para sacudirlo. Su piel fría y sudorosa le causó un escalofrío de repugnancia y algo de temor.

–Vamos cabrón, despierta y dime donde chingados empeñaste mis cosas.

Nada, Pancho ni siquiera pestañeó, Julia sólo consiguió que perdiera un poco de cadencia al roncar.

—Un día de estos no vas a despertar; gordo de mierda –dijo e intentó levantar su redonda cabeza para colocarle la almohada debajo.

—Anita –rezongo Pancho justo cuando ella sacaba la almohada de entre la pila. 

El corazón de Julia dio un brinco y comenzó a latirle salvajemente en el pecho. Así que ese era el nombre… Anita, como la hija joven y guapa de su comadre, la misma chica que estaba estudiando para secretaria.

Julia tuvo una idea muy clara de cómo la tal Anita se costeaba los estudios y bufó. Y pensar que el muy desgraciado le negaba ese mismo dinero a su propia hija.

¿Qué podía hacer?

Por segunda vez en la mañana Julia se miró al espejo mientras sostenía una almohada como si fuera un escudo, Su cuerpo mostraba los estragos del encierro al que Pancho la tenía acostumbrada: caderas grandes y redondas, busto caído, papada, sus cabellos siempre peinados hacia atrás en una cola que estiraba sus rizos, poco quedaba de la mujer dinámica y llena de ilusiones que una vez fue, veintidós años de dormir con un puerco le habían pasado la factura.

 Y se la seguirían pasando. 

Se haría cada día más vieja, más gorda, más jodida, mientras él gastaría todo lo que cayera en sus manos en mujeres y borracheras y al paso que marchaban las cosas y después de haber visto las boletas de empeño, Julia temía que su hija mayor no tendría de otra, más que dejar la escuela y ponerse a trabajar para ayudarla con sus hermanos.

—Anita mi amor —gruñó Pancho, extendiendo las manos hacia ella. La bilis se le subió a la garganta al sentir impotencia. Estaba atrapada y no tenía la menor idea de qué demonios debía hacer.

Esto es México, pensó justo cuando los acordes iniciales de María Isabel llenaban su habitación de oropeles. 

Pancho tosió una vez más, su panza fofa se sacudió y nuevamente despidió una flatulencia aún más apestosa que la anterior.

Julia no supo qué fue lo que la impulsó. Ni siquiera fue consciente de lo que hacía hasta que se vio a sí misma colocando con furia la almohada sobre el rostro colorado mientras presionaba y presionaba. Exactamente como le habían hecho mil veces a ella.

Cuando por fin levantó el cojín, el rostro de su marido tenía el mismo aspecto desencajado de sus borracheras, excepto por un hilillo de vómito que le caía por la comisura de la boca.

Julia comprendió de golpe la enormidad de lo que había hecho. Aterrada, hizo girar el cuerpo boca abajo.  En un instante de pánico se imaginó viviendo el resto de sus días en la cárcel porque sin duda la policía … 

Y entonces lo supo. 

Levantó los ojos hacia su reflejo en el espejo y metódicamente se dedicó a arreglarse el vestido y el cabello, sintiendo cómo el miedo desaparecía para ser sustituido por una certeza, después de todo Pancho sería el primero en decirlo.

—Esto es México. —musitó Julia al cadáver y por primera vez en años respiró.

Carolina Canto «Malena Cid»

Carolina Canto «Malena Cid»

Autora

Egresada de la Rolando Calles, ingeniera por equivocación, escritora por vocación, godínez por necesidad, participante habitual en concursos, tertulias y trifulcas literarias, ávida y autodidacta aprendiz de editora y emprendedora de dudoso éxito.

Elienai Lucero Hernández

Elienai Lucero Hernández

Directora de Multimedia

Me llamo Elienai Lucero Hernández, me llaman Elienai, Lluvia, Kumy, Niennai, Nai, Nani, a veces soy Lúth L. L. H. En casi todas mis versiones soy aficionada de la literatura, la loca de los cuadernos, dibujos y misionera de la revista Katabasis ¿Ya leíste todos los números? ...deberías.

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