Elienai Lucero Hernández
Con dedicatoria para todas las madres, también para la mía, Francis Hernández.
En la FIL Guadalajara 2025, el conversatorio «Malas Madres» logró algo más que un intercambio de experiencias entre escritoras: fue un acto de demolición controlada de la «santificación» de la madre, una figura a la que la sociedad le exige una perfección imposible. Frente a este altar impoluto de la maternidad, se nombró sin miedo el constructo social que exige sacrificio, abnegación y la renuncia a los propios deseos: el término «mala madre».
Las autoras Elisenda Solsona, Bernardita Bravo Pelizzola, Begoña Gómez Urzaiz y Lorena Salazar Masso tomaron el mazo de la ficción para derribar el pedestal de la idealización de las maternidades. Y al caer el mármol, lo que quedó no fueron monstruos, sino mujeres.
La reflexión central que me llevo, y que quiero compartir con la mayor cantidad de personas posible, es que la etiqueta «mala madre» es, en realidad, una herramienta de control semántico. Como señala Begoña en su libro «Las abandonadoras», hay una trampa del lenguaje: los padres solo se van; si una madre lo hace, abandona.
En la conversación se habló mucho de cómo el lenguaje crea realidad. Y aquí fue más que evidente. Al padre que parte se le concede el beneficio de la duda, la narrativa de la aventura y la normalización. A la madre que se va se le condena al ostracismo: deja de ser madre para convertirse en un monstruo social. No existe una narrativa aceptada para la mujer que no es la cuidadora principal. Romper este mandato desde la literatura no es solo un ejercicio estético —y mucho menos ficticio—: es un acto político necesario y urgente. Escribir sobre mujeres que se van es devolverles la humanidad que el «instinto materno» les había secuestrado.
Por otro lado, en esta mesa se abordaron temas aún más imponentes: ¿qué pasa cuando la madre se queda, pero no encaja? Elisenda Solsona nos invita a transitar el camino de la «monstruosidad» y a mirar de frente a la madrastra, no como la villana del cuento de hadas, sino como una figura que desafía la norma patriarcal. Invita también a mirar a las madres minoría: quienes maternamos sin tener hijos, quienes han adoptado, quienes no querían ser madres. A pensar en esas formas de maternar que no se nombran y que habitan zonas grises.
Reflexionamos con ellas que la maternidad no es un bloque monolítico de amor incondicional, sino un terreno pantanoso lleno de ambivalencias, errores, miedos, inseguridades y culpas impuestas por la mirada ajena y los estereotipos. Al escribir sobre la violencia en la maternidad subrogada, las familias no biológicas o las madres filicidas que, por motivos complejos, acabaron con la vida de sus hijos, la literatura contemporánea está gritando que no existe una sola forma de maternar. La «madre monstruosa» es, a menudo, simplemente una madre cansada, divorciada, que estudia, que trabaja, que no es la cuidadora principal; una madre con deseos propios o una madre que se niega a desaparecer en función de sus hijos.
Quizás el punto más álgido y doloroso es el que toca Bernardita Bravo en «No reinas»: la posibilidad del daño. El filicidio, la violencia, el descuido. Nos aterra pensar que una madre pueda dañar, pero negar esa posibilidad es negar la complejidad de la psique humana. Al mirar de frente estos hechos reales —e inspiradores de ficción— dejamos de juzgar desde el moralismo y empezamos a entender desde una completitud que la sociedad se niega a ver. Porque una madre no es una extensión del marido, la pareja o los hijos.
La «mala madre» es un término que depende de la perspectiva y que, como se dijo en la mesa, se ha desgastado tanto que cualquier desvío de la norma convierte a una mujer en merecedora de la etiqueta. Es una figura permanentemente enjuiciada por una sociedad adultocéntrica que castiga a las mujeres por ser y por no ser; por hacer y deshacer; por querer ser madres y por, a veces, desear no serlo.
La literatura de las «Malas Madres» no busca destruir la familia. Busca, paradójicamente, sanarla a través de la verdad. Busca visibilizar la labor de cuidados, la soledad social y el costo asfixiante de la perfección que le imponemos a las madres en todas sus diversidades.
Al final del día, leer a estas autoras es un alivio. Nos permite aceptar lo que no nos atrevíamos a decir: que la madre santa y perfecta que vive solo para ser madre no existe. Y que, afortunadamente, la mamá real —aquella que tiene sombras, errores, sueños y huidas— sí existe, y que la literatura puede retratarla para ponerla en el radar, normalizarla y reflexionarla. Y es, literariamente hablando, mucho más fascinante.
Escribo este texto no solo gracias a la charla, sino también porque me llevó a realizar un ejercicio posterior, apoyada por un grupo de la comunidad de madres de Periodo Morra. Este espacio, que ha tejido una red de apoyo no solo para una menstruación digna en personas vulnerables, sino un refugio de empatía y lucha, se convirtió en el espejo de lo que se habló en la FIL.
Algunas de ellas escribieron, de forma anónima, las razones por las que les han dicho que son «malas madres». Son mensajes que acompañan estas letras. Al leerlos, sentí que la ficción se quedaba corta ante la realidad.
Confieso que no me alcanzan los brazos para abrazarlas a todas. Quisiera decirles que no son malas ni culpables. Son seres humanos que merecen espacio y reconocimiento real, mucho más allá de un par de celebraciones capitalistas al año. A quienes somos madres sin hijos, a quienes los están buscando, a todas esas mujeres atravesando dificultades imposibles de enumerar: gracias por darlo todo con las herramientas que tienen.
Finalmente, como ejercicio de empatía —y les pido esto no por mí, sino por ellas y por todas—, hagan un ejercicio de honestidad brutal: pregúntense qué madre tienen, qué madre son y libérense de esa carga con amor y respeto.
Recuérdense a ustedes mismos, mismas, mismes, y a todas las mamás que permitieron los mensajes de la portada de este post. Atrévanse a enfrentar esa etiqueta y a resignificarla. No son literalmente malas madres.
Si así lo desean, díganles —a todas esas madres— que tienen derecho a no ser santas. A no ser perfectas, a no ser impolutas. Díganles que está bien ser «malas», indómitas, rebeldes. Que está bien ser ellas mismas. Que está bien ser libres.

Elienai Lucero Hernández
Directora de Multimedia
Me llamo Elienai Lucero Hernández, me llaman Elienai, Lluvia, Kumy, Niennai, Nai, Nani, a veces soy Lúth L. L. H. En casi todas mis versiones soy aficionada de la literatura, la loca de los cuadernos, dibujos y misionera de la revista Katabasis ¿Ya leíste todos los números? ...deberías.
