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Ilustrado por: Paulo Cañón

Ixkozauki Hermosillo

Doris Kareva (1958) pertenece a esa rara estirpe de poetas que entienden la palabra como una forma de silencio. Su obra, escrita con la precisión de quien mide el aire antes de respirar, ha construido a lo largo de casi cinco décadas una de las trayectorias más sólidas de la literatura estonia contemporánea. La poesía suele considerarse un territorio íntimo, un espacio donde la emoción se desborda o se confiesa. Sin embargo, hay autores que buscan el efecto contrario: contener el sentimiento hasta transformarlo en claridad.

Nació en Tallin, hija del compositor Hillar Kareva, y desde pequeña convivió con la música. Esa influencia marcaría toda su escritura: su poesía tiene ritmo, cadencia y pausas calculadas como si fueran partituras. Estudió filología inglesa en la Universidad de Tartu, donde comenzó a escribir y a traducir autores que más tarde se convertirían en sus interlocutores invisibles: Shakespeare, Emily Dickinson, Anna Ajmátova. En su país, Kareva es una figura de referencia cultural. Ha trabajado como editora, traductora, ensayista y representante de Estonia ante la UNESCO. Pero es en la poesía donde ha alcanzado su plenitud. Sus libros, entre ellos Mandragora (1997), Aja kuju (La forma del tiempo, 2005) o Hingring (Círculo del alma, 2013), condensan una mirada lúcida sobre el paso del tiempo, la fragilidad del amor y la búsqueda de lo espiritual. En 2018 se publicó Days of Grace, una selección de su obra traducida al inglés que la consolidó como una de las voces con mayor resonancia a nivel internacional.

Leer a Doris Kareva es entrar en un espacio de quietud. Sus versos no buscan conmover mediante la exuberancia emocional ni seducir con imágenes brillantes. Más bien operan desde la economía: un lenguaje depurado, casi transparente, donde cada palabra parece haber sido colocada con una intención meditativa. Esa sobriedad formal no implica frialdad, sino una intensidad contenida, como si lo esencial solo pudiera decirse a través de la sugerencia. Sus poemas funcionan como espejos que reflejan lo invisible: la pérdida, el silencio, la luz interior.

Kareva parece escribir con el oído tanto como con la mente. Una de las virtudes más notables de su escritura es la musicalidad. No solo porque haya crecido rodeada de sonidos, sino porque trata el verso como una materia sonora. En Mandragora, por ejemplo, las palabras se despliegan con un ritmo casi matemático, pero siempre al servicio de una emoción discreta. Maestra del “álgebra fonética”: una forma de armonizar sentido y sonido. Sin adscribirse a ninguna religión, se interesa también por lo trascendente, por esa zona del lenguaje que intenta tocar lo inefable.  La suya no es una mística de la fe, sino del asombro.

La herencia de Ajmátova o Brodsky reluce en su dimensión filosófica sobre el exilio, sin embargo, Kareva escribe desde otro tipo de desarraigo: no el geográfico, sino el interior. En su poesía, la patria es el lenguaje. Desde la ocupación soviética hasta la independencia de Estonia, su voz ha sido una forma de resistencia silenciosa, un testimonio de integridad moral frente a la confusión del tiempo.

Su estilo no está exento de riesgos. Algunos lectores la consideran demasiado contenida, incluso distante. En su búsqueda de pureza verbal, a veces parece eliminar toda emoción explícita, dejando solo la estructura del pensamiento. Pero esa frialdad aparente es también su modo de preservar la belleza: una belleza que no grita, que no se impone, sino que se deja descubrir.

Su poesía ha sido traducida a más de una decena de idiomas, y ha recibido premios como la Orden de la Estrella Blanca de Estonia. En 2024, la editorial italiana Bompiani publicó la antología poética In sogno ho visto il mondo.

En definitiva, Doris Kareva escribe como quien busca una verdad que no puede nombrarse. Su obra no pretende explicar el mundo, sino escucharlo. Entre sus versos late la convicción de que el lenguaje aún puede tocar lo sagrado, aunque sea solo por un instante. En tiempos donde la literatura parece apresurada por decirlo todo, ella elige callar un poco más. Y ese silencio, tan suyo, es lo que la vuelve inmensa.

Si el Premio Nobel de Literatura recae en sus manos, podría justificarse con una cita como esta:

Por la pureza y precisión de una voz poética que, desde la intimidad del alma hasta las tensiones del mundo contemporáneo, ha sabido revelar la profundidad espiritual y ética del ser humano, fundiendo la música del lenguaje con la lucidez del pensamiento.

Doris Kareva en sus palabras:

«Una nave con las velas desplegadas navega
mi costa se aproxima.
Lo percibo. Lo siento-
quieta ahí, mi espalda transpirando.
Una nave con velas santas
navegando bajo ninguna bandera en absoluto-
oh, la estuve esperando
como un niño en el puro/sencillo de la muerte.

El crepúsculo cae, crece la oscuridad-
Noche, de hecho.
¿Vendrá – o no ocurrirá, presentemente?

Imperceptiblemente todo está cambiado.
Todo arriba
tan secretamente.»

Ixkozauki Hermosillo

Ixkozauki Hermosillo

Director de Edición

(Guadalajara, 1996)
Escritor, editor y fotógrafo. Ganador del concurso Creadores literarios FIL Joven 2012; coautor de la antología La voz de los pasos (Mano Armada, 2018), de la plaquette Mirada, palabra, poesía en 2020 y de la antología Voces en el tiempo en 2024, ambas publicadas por la Editorial Universidad de Guadalajara. Seleccionado ganador de la Convocatoria Libre Noviembre 2024 por la Editorial ITA en Colombia. Participó en la edición 28 del Encuentro Internacional de Poetas de Zamora. Textos suyos han aparecido en distintos medios: Versorama, Revista Gremios, El Comentario Semanal de Colima y Revista Katabasis. Estudió las licenciaturas de Abogado y Periodismo y comunicación.

Paulo Augusto Cañón Clavijo

Paulo Augusto Cañón Clavijo

Redactor

Colombiano, periodista y lector de tiempo completo. Escribo para encontrarme. Apasionado del fútbol, la música, los elefantes, las mandarinas y los asados.

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