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Fotografía por: Ixkozauki Hermosillo

Ixkozauki Hermosillo

Cuando Amin Maalouf tomó la palabra en el auditorio de la Feria Internacional del Libro, el silencio fue tan denso que parecía pesar sobre las butacas. Afuera, en los pasillos del recinto ferial, Barcelona desplegaba su pabellón de arcos porticados como Invitada de Honor, mientras más de 800 autores de medio centenar de países preparaban sus presentaciones. Pero dentro de esa sala, durante casi una hora, el tiempo se detuvo para escuchar a un hombre de 76 años que, con voz serena y acento francés, se atrevió a decir lo que muchos pensaban en voz baja: vivimos una época aterradora y, a la vez, la más fascinante que la humanidad haya conocido.

El escritor franco-libanés recibió el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2025 e inauguró la feria más importante del mundo hispanohablante con un discurso que osciló entre la melancolía del exiliado y la fascinación del testigo de una época convulsa. El galardón, uno de los más codiciados en idiomas de raíz románica, reconoce en Maalouf a una de las voces más importantes de la literatura contemporánea. Nacido en Beirut en 1949, exiliado en París desde el estallido de la guerra civil libanesa, el autor de «León el Africano» y «El naufragio de las civilizaciones» encarna como pocos el ideal del intelectual nómada: árabe de nacimiento, francés de adopción, ciudadano del mundo por convicción. En septiembre de ese mismo año había sido designado secretario permanente de la Academia Francesa, el guardián oficial de la lengua de Molière.

«Siempre he tenido una gran admiración por este prestigioso premio, que celebra la literatura, la diversidad de las lenguas y, de alguna manera, el parentesco entre todas las culturas humanas», dijo Maalouf al inicio de su intervención. 

Maalouf tejió un retrato de cómo, siendo joven, acompañaba a su padre a las redacciones donde los artículos se escribían a mano, los tipógrafos los pasaban a máquina, se fundían en plomo y se imprimían. «Los obreros respiraban los vapores del plomo, y se les recomendaba tomar mucha leche para contrarrestar los efectos secundarios», evocó con una mezcla de nostalgia y estupor. De aquellas imprentas tóxicas a un mundo donde «podemos consultar en un teléfono lo que antes requería bibliotecas enteras», la distancia hacia la modernidad parece abismal.

Pero el asombro tecnológico, en boca de Maalouf, servía solo para contrastar con una preocupación más profunda. «Nuestra especie ha hecho realidad, en las últimas décadas, sueños que acariciaba desde hace milenios», afirmó, enumerando la posibilidad de conversar cara a cara con alguien al otro lado del planeta o de acceder al conocimiento universal desde cualquier rincón. Sin embargo, inmediatamente puso el freno: «Jamás habría imaginado que la guerra regresaría con tanta fuerza al centro de la actualidad; en mi región de origen, el Levante, y también en mi patria adoptiva, Europa».

Para Maalouf, el gran desfase de nuestra época es existencial, no económico ni social: mientras la ciencia y la técnica avanzan «sin pausa, cada vez más rápido», la evolución moral de la humanidad «tropieza, se desvía o incluso retrocede». Y no se trata ya de una simple desaceleración. «Hoy en día atraviesa una verdadera regresión», advirtió, citando el retroceso del universalismo, la debilitación de la democracia y el deterioro del Estado de derecho en todo el planeta.

La inteligencia artificial ocupó un lugar central en su diagnóstico. Maalouf habló de una «aceleración dentro de la aceleración», donde las transformaciones profundas «ya no ocurren cada cinco o diez años, sino cada año… o incluso de un trimestre a otro». La carrera armamentista, los riesgos de descontrol tecnológico, las biotecnologías que pueden poner en peligro «la integridad física y mental de la especie humana o incluso la supervivencia»: todo ello configura un panorama que exige, en palabras del escritor, «que la humanidad se eleve por encima de sus codicias, de sus egoísmos, de sus prejuicios».

«No estoy desesperado ni resignado», aclaró. «Nunca volveremos al mundo de antes. Podemos lamentarlo o celebrarlo, pero en todo caso debemos ser conscientes de ello para poder avanzar». La solución, insistió, es apropiarnos de ese progreso, ponerlo al servicio del ser humano, de su dignidad, de su libertad; convertirlo en un instrumento de liberación, y no de sometimiento.

El cierre de su discurso quedó suspendido en el aire como una advertencia y una promesa: «O sobrevivimos juntos, o desaparecemos juntos».

La respuesta del público fue un aplauso largo, casi reverente. En primera fila, el alcalde de Barcelona, Jaume Collboni, había definido minutos antes a su ciudad como «una ciudad abierta y multicultural», en un gesto de complicidad simbólica con el espíritu de Maalouf. Barcelona, que editaba el ochenta por ciento de la producción literaria de España y que llegó a Guadalajara con 69 autores, una librería de diez mil volúmenes y el lema «Vindran les flors» (Vendrán las flores), tomado de Mercè Rodoreda, parecía conversar en silencio con el vagabundo mediterráneo.

Durante los días siguientes, participó en «Mil Jóvenes con Amin Maalouf», uno de los programas emblemáticos de la feria que acerca a los autores a nuevas generaciones de lectores. En encuentros con medios, profundizó en aspectos más íntimos de su obra y su proceso creativo. Sobre el conflicto entre Israel y Palestina, se mostró pesimista pero no resignado: «He visto varias veces acercarse una solución y cada vez ha terminado en decepción. Hoy no veo una salida, aunque sigo esperando que algo cambie».

Habló también del silencio necesario para escribir, cada vez más difícil de encontrar en «un mundo ruidoso, saturado de información y redes», y de su herencia musical (proviene de una familia de músicos), que lo llevó a colaborar con una compositora francesa, explorando las fronteras entre la palabra escrita y la palabra cantada. Sobre su giro hacia el ensayo, explicó que responde a la necesidad de «pensar con precisión el mundo contemporáneo», aunque no descartó regresar a la novela.

«Estoy convencido de que la literatura es hoy más indispensable que nunca en la historia humana», proclamó en su discurso. «Porque es a ella (es decir, a todos nosotros) a quien le corresponde reparar el presente e imaginar el futuro».

Cuando bajó del estrado, con su característica bufanda clara y su porte de viejo profesor que ha visto demasiado pero sigue creyendo, Maalouf dejó en Guadalajara algo más que un discurso. Dejó una pregunta que resonará mucho después de que el pabellón de Barcelona se desmonte y los últimos libros regresen a sus almacenes: en una época donde la tecnología nos permite hacer todo, ¿seremos capaces de elegir qué es lo que debemos hacer?

Como León el Africano, su personaje más querido (ese musulmán granadino que abandonó su tierra, viajó por el Mediterráneo y terminó en la corte pontificia de Roma), Amin Maalouf sigue siendo un navegante entre orillas. Y en Guadalajara, la ciudad de las rosas, recordó que incluso en los tiempos más oscuros la literatura sigue siendo el último puerto donde el exiliado encuentra patria.

Ixkozauki Hermosillo

Ixkozauki Hermosillo

Director de Edición

(Guadalajara, 1996)
Escritor, editor y fotógrafo. Ganador del concurso Creadores literarios FIL Joven 2012; coautor de la antología La voz de los pasos (Mano Armada, 2018), de la plaquette Mirada, palabra, poesía en 2020 y de la antología Voces en el tiempo en 2024, ambas publicadas por la Editorial Universidad de Guadalajara. Seleccionado ganador de la Convocatoria Libre Noviembre 2024 por la Editorial ITA en Colombia. Participó en la edición 28 del Encuentro Internacional de Poetas de Zamora. Textos suyos han aparecido en distintos medios: Versorama, Revista Gremios, El Comentario Semanal de Colima y Revista Katabasis. Estudió las licenciaturas de Abogado y Periodismo y comunicación.

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