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Ilustrado por: Elienai Lucero

Mario Pantoja Barrera

 

En el ámbito editorial, es innegable la importancia de la FIL de Guadalajara. Como director general de Katabasis escuché esta información sin haber tenido la oportunidad de vivirla. Fue hasta este año que logré adaptar mis actividades para acudir y tener esta experiencia en carne propia. En esta aventura, mi guía principal fue Ixkozauki Hermosillo, director de Edición, quien tiene varios años de asistir religiosamente a esta fiesta literaria. Un par de años antes, ya me había dado una inducción cuando él visitó la FIL del Zócalo en la Ciudad de México: «Tienes que ir a la FIL de Guadalajara para que veas la comparación». Más allá de los comentarios de académicos u otros profesionales de la industria, la curiosidad la plantó Ixko con esas opiniones.

Al llegar a la Central Nueva de Guadalajara, me recibió Ixko con emoción porque al fin sería testigo de mi descubrimiento de la FIL. Me comentó sobre los caminos para llegar a la Expo Guadalajara. La agenda de actividades ya la había preparado previamente, con dudas fui agregando las distintas actividades aunque estuvieran empalmadas. Me llamaron, especialmente, la atención El Salón de la Poesía, la mayoría de los eventos los agregué a mi agenda sin saber que estas actividades tienen un prerregistro.

Con mi agenda llena y casi sin espacio para comer, acudimos el primer día desde primera hora. Lo primero que hicimos fue recorrer los pasillos, ver dónde se instalaron las distintas editoriales, la sección de independientes, la zona de novedades y, por supuesto, ubicar los espacios donde se llevarían a cabo las actividades que había marcado con tanto entusiasmo. Ixko me guiaba con la seguridad de quien conoce cada rincón, señalando stands que valía la pena visitar y advirtiendo sobre los puntos de mayor aglomeración.

Cuando llegué al Salón de la Poesía, descubrí mi primer error de novato: el prerregistro. La fila serpenteaba por el pasillo y, aunque varios asistentes fueron rechazados por falta de cupo, decidí intentarlo. Para mi sorpresa, logré entrar a una sesión extraordinaria de poesía maya. En ese espacio íntimo, alejado del bullicio comercial de la feria, escuché voces que recitaban en lenguas que parecían emerger de la tierra misma. El poeta Francisco Antonio León Cuervo y el moderador Pedro Uc Be compartieron versos en mazahua seguidos de sus traducciones al español. Había una musicalidad en esos sonidos ancestrales que ninguna traducción podía capturar completamente.

Francisco Antonio, con su voz firme, recitó un poema sobre la mujer y el pueblo mazahua que era, al mismo tiempo, una oración y una denuncia. El público escuchaba en silencio reverencial, consciente de estar presenciando algo que trascendía lo meramente literario.

El Salón de la Poesía resultó ser un oasis dentro de la vorágine ferial. A lo largo de los días siguientes, pude presenciar otras lecturas donde la diversidad de voces era notable: desde la poesía experimental de autores brasileños hasta las propuestas más tradicionales de poetas españoles. En una de las mesas redondas se discutió sobre el futuro de la publicación poética en la era digital, un tema que resonó particularmente con mis inquietudes como editor.

El Encuentro Internacional de Cuentistas, por otro lado, tenía una dinámica completamente distinta. Se celebraba en uno de los auditorios principales y el formato permitía mayor aforo. Aquí pude entrar sin complicaciones a la mesa titulada «Fronteras del cuento breve», donde participaron autores de distintas latitudes que reflexionaron sobre la precisión que exige el género, esa capacidad de condensar universos enteros en pocas páginas.

Uno de los momentos más memorables fue «Los Lectores Presentan: La región crepuscular» con Bernardo Esquinca. El evento tenía un formato particular: no era el autor quien leería su obra, sino lectores apasionados quienes compartirían fragmentos que los habían marcado. Esquinca escuchaba atento mientras distintas voces daban vida a sus cuentos de terror urbano, esas historias que convierten la Ciudad de México en un espacio de inquietud y misterio.

Hubo un momento en que una lectora interpretó un pasaje con tal intensidad que el propio Esquinca pareció sorprendido. Al final, el autor comentó sobre su proceso creativo, sobre cómo las leyendas urbanas y los miedos contemporáneos se entrelazan en su narrativa. Fue revelador escuchar cómo los lectores habían encontrado en sus textos significados que ni él mismo había contemplado conscientemente.

Entre una actividad y otra, me topé con algo que no esperaba: el stand de la UACM. Me detuve en seco. Ahí estaban los libros publicados por la universidad, las revistas académicas, los rostros de algunos profesores que reconocí a la distancia. Me acerqué con esa mezcla de nostalgia y orgullo que solo despierta el lugar donde uno se formó.

La UACM no es una universidad cualquiera; es un proyecto que nació de la resistencia, de la convicción de que la educación superior es un derecho y no un privilegio. Recordé las aulas Del Valle, las discusiones interminables en los pasillos, los talleres literarios donde descubrí que quería dedicarme a esto: a los libros, a las palabras, a la construcción de puentes entre autores y lectores.

En el stand encontré a una profesora que había tomado un seminario conmigo años atrás. Conversamos brevemente sobre los proyectos editoriales de la universidad, sobre cómo algunos exalumnos habíamos tomado caminos inesperados pero siempre vinculados a la literatura. Me regaló un ejemplar de una antología reciente de ensayos críticos. «Para que no olvides de dónde vienes», me dijo con una sonrisa.

Guardé el libro con cuidado en mi mochila, que ya pesaba considerablemente. Esa noche, en el hotel, hojeé la antología y reconocí nombres de compañeros, de maestros, de esa comunidad que me enseñó a leer el mundo de otra manera. La UACM me había dado algo más valioso que un título: me había dado una forma de entender la cultura como un espacio de transformación social. Y ahí estaba yo, en la FIL de Guadalajara, llevando esas enseñanzas a mi trabajo como editor.

Al final de esos días intensos, mientras esperábamos el autobús de regreso en la Central Camionera, Ixko me preguntó qué me había parecido. Le respondí con sinceridad: ahora entendía por qué había insistido tanto en que viniera. La FIL de Guadalajara no es solo un evento comercial o académico; es un recordatorio necesario de que existe una comunidad vibrante, diversa y apasionada alrededor de los libros. Y esa comunidad, descubrí, era también la mía.

Mario Pantoja

Mario Pantoja

Director General

Nació en la Ciudad de México cuando se llamaba Distrito Federal. Estudió en la licenciatura de Creación Literaria en la UACM, lugar en el que se preguntó sobre la utilidad de las revistas literarias después de haber cursado la materia de Producción de Revistas Literarias. Hasta ahora no ha encontrado la respuesta, pero descubrió la mejor sensación del mundo al hacer una.
También escribe, se le da más la poesía y el ensayo literario. Cree en la posibilidad de retomar los estudios musicales en algún momento y lo más importante: es el Director General de Katabasis.

Elienai Lucero Hernández

Elienai Lucero Hernández

Directora de Multimedia

Me llamo Elienai Lucero Hernández, me llaman Elienai, Lluvia, Kumy, Niennai, Nai, Nani, a veces soy Lúth L. L. H. En casi todas mis versiones soy aficionada de la literatura, la loca de los cuadernos, dibujos y misionera de la revista Katabasis ¿Ya leíste todos los números? ...deberías.

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