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Ilustración: Caro Poe

Sofía Solórzano

Atrapada en el mismo sillón, va todos los días y lee el mismo libro; lo lee una y otra vez, pero nunca es lo mismo, y la historia se reescribe con cada persona que llega a la biblioteca y que, sin saberlo, se van haciendo parte también.

Voy a ir por unas llaves a mi carro, pero ya regreso — dice una señora a lo lejos. Tiene el aspecto de una mujer mayor y cansada. Lanza una sonrisa forzada que parece que le doliera y se va alejando arrastrando sus pies. Una bufanda azul turquesa le cuelga del cuello. Da la sensación de que le colgaran las penas.

Quita la mirada y vuelve a poner los sentidos en el libro, gastado, doblado, casi desecho, suyo, suyo y de nadie.

«…Sigue caminando por aquel sendero, su única compañía es un perro viejo al que ya ni fuerzas le quedan para ladrar. Va contando las estrellas y poniéndoles nombres. ¿Quién dice que el cinturón de Orión no puede convertirse en una trompeta esta noche? Y entonces, con la melodía que va componiendo en su cabeza, el camino se hace más corto.»

Siente que la están observando y levanta la mirada aturdida, es el bibliotecario otra vez, con su mirada de lástima e intriga, pero, más lástima que intriga. No había día en que no fuera a la misma hora, y se sentara en el mismo sillón —ya suyo— a leer el mismo libro. Creyendo que algo raro tenía aquel libro, el bibliotecario lo leyó unas cuatro veces, pero nunca encontró dentro sus letras alguna explicación a que esa mujer lo leyera cada día y no se levantara hasta haberlo terminado.

Bajó la mirada y siguió leyendo…

«Las estrellas se fueron fundiendo en un azul cada vez más claro, pero el camino aún no se terminaba. Sigue entonces caminando, ya sin guía y sin ninguna melodía rondando en su cabeza, y los pasos se van volviendo tortuosos, el mundo entero se extiende y se contrae, y el aire parece espe»

Voy a ir por unas llaves a mi carro, pero ya regreso

Vuelve y sale la misma señora, pero ahora lleva su bolso. A fin de cuentas. Decide si preocuparse por la acción repetitiva de aquella mujer de penas al cuello. Pero a nadie le interesaban sus llaves, o a dónde iba, o si se iba. Que no irrumpa los sonidos de los libros en total silencio. Y entonces le quitó la atención.

El hombre del camino, que minutos antes tenía el aspecto del bibliotecario toma el rostro de la mujer de las llaves.Así va cambiando de rostro con cada persona que logra, al menos por unos minutos, captar su atención. Nada pasa, solo el tiempo.

«El único final del camino parece ser el comienzo, se da cuenta por fin, y entonces debe decidir si rendirse o darse vuelta y continuar. Intenta recordar por qué empezó a caminar, pero ya no lo recuerda y si no recuerda el porqué de aquel camino, no tiene sentido el volver.»

Suspira, el sonido es tan fuerte que todos los presentes la voltean a ver. Menos el bibliotecario que ya sabe que al final del libro siempre está la misma decepción —No tiene un final tan malo— se dice cada día, no entiende a tal mujer.

Tres páginas más, el sillón ya ha tomado su forma. Devora el libro, ya lo sabe de memoria. Lo ha leído empezando desde el final, o desde el medio, o alternando las páginas. Podría recitarlo por completo sin equivocarse en alguna palabra. Lo lee ansiosa, como quien busca respuestas, pero al final siempre el suspiro. No encuentra nada.

Se da cuenta que no importa cuántas veces abra y cierre el libro, ni cuántas veces lo lea, lo relea o intente reescribirlo. Ningún día es igual, y el destino se le burla entre los párrafos. No son las mismas palabras, ni son las mismas personas. Nunca más, aunque lo intente, lo ha vuelto a ver. Fue cuestión de suerte o probablemente de infortunio, un suceso de un día. Si tan solo le hubiese hablado en la página 21 aún con el corazón en la boca —se repite cada día— Pero el coraje no alcanzó.

Sofía Solórzano

Sofía Solórzano

Soy Sofía Solórzano, me apasiona escribir y crear. Escribir sobre lo que veo, lo que siento, de manera literal o convirtiéndolo en lo que quisiera que fuese. El comportamiento humano, el subconsciente y los sentimientos son mi mayor inspiración. Disfruto de la poesía tanto como de la música y del arte. Creo en el arte como forma de expresión, alimento del alma y fuente de vida. Y así como creo en el arte, me creo constantemente dentro de él.

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