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Ilustrado por: Elienai Lucero Hernández

Elienai Lucero Hernández

 

No tengo nombre— o eso parece— , sólo un título que nadie ha pronunciado correctamente hasta ahora, apenas me acuerdo «kata ¿qué?».

Llevo pocos días aquí, o eso parece. Soy una revista abandonada al juicio del polvo. En mis adentros se marchitan letras que resuenan, impresas como ya no se acostumbra.

Desde que fui colocada en este estante de la editorial Edhalca, que me hospedó por unos días, no he visto el cielo.

Estoy en la Expo Guadalajara o eso oí decir. Un nombre que para los que no han estado aquí suena a fiesta del libro, al menos estos días. Pero no es una fiesta. Es un cementerio de promesas editoriales donde los cuerpos caminan, pero las almas están agotadas, sedientas de tener en sus manos un conjunto de hojas de papel que la mayoría dejarán arrumbadas en el librero— eso me lo contó un libro con una personalidad fría, que además fue vendido al instante.

El aire es artificial. La luz, inclemente. El murmullo constante del público no se asemeja al canto humano que platican las letras que contengo, sino al arrullo de un enjambre enloquecido, que contemplo yo misma, que dicen los libros vecinos. A decir verdad, son bastante sombríos, me han contado muchas leyendas sobre Guadalajara, todas son tenebrosas, casi tanto como lo que puedo vislumbrar desde aquí.

Nadie me ha hojeado. Nadie me ha reclamado. Estoy condenada a la contemplación parcial: mi ángulo de visión no rebasa los márgenes del pasillo: sección independientes, Edhalca.

A mi lado reposa una figura que parece reírse en silencio: un muñeco de Chucky, parte de la decoración perpetua de la editorial. Está ligeramente ladeado, como si me observara de soslayo, con su sonrisa de plástico y su cuchillo de utilería. Pero yo sé que me odia.

Algunos se acercan con esperanza; otros, con ese apetito torpe de autógrafos, de libros sustos, como si no fueran ellos, su especie los verdaderos monstruos. ¿Quién más que nosotros, los contenedores de historias sabrían aquello que no le cuentan a nadie pero sí lo materializan en un texto?

Todos huelen a desilusión y a sudor de feria por dentro. Algunos casi exudan olor a miedo— eso me lo contó un libro firmado por un tal Deimos.

Una mujer de gafas cuadradas se detuvo frente a mí. Sostenía un café en una mano y el celular en la otra. Estuvo a tres centímetros de tocarme. Sentí una sacudida en mis grapas interiores. Pero no: solo quería apoyar su vaso un instante mientras se tomaba una selfie.

El muñeco tembló. Nadie más lo notó. Pero yo sí.

 

Por la mañana escuché cómo pronunciaban mi nombre. Fue un destello: breve, fulminante, como un relámpago que ilumina y quema al mismo tiempo.

 

Apreté mi atención en las dos figuras que me habían colocado con manos cuidadosas en el estante: una pareja alegre que promocionaba con entusiasmo cada rincón del local.

 

Sus voces entusiastas respondían preguntas que parecían hechas para nosotros, los inmóviles, los condenados a guardar pensamientos en nuestras páginas selladas.

Eran los dueños de la editorial. Ambos escribían desde mundos distintos, pero compartían una misma pasión voraz por la lectura.


Fue entonces que nos emocionamos todos… Todos menos Chucky, que seguía sonriendo desde la sección de horror, tan abundante, tan satisfecha.

Una voz chillona se despidió con alegría. La reconocí. Pero no hubo tiempo para certezas: un niño, con una voz espeluznante, se acercó al estante donde los cómics me observaban con recelo.

Ese mismo día escuché hablar sobre el autor de Las Tres Reinas. Ya había conversado con ese libro. Sabía demasiado sobre mundos alternos. Era inquieto, chispeante, y aunque no hablamos mucho, su presencia era imposible de ignorar. No supe a qué hora todos se fueron, hubo silencio… paz, le llamó uno de los libros que no estaba cerca de nuestro pasillo.

Hoy nos despertó un sollozo, se esperaba más gente de lo habitual, el libro de terror clásico que apareció de la nada tirado en el pasillo, lloró tinta. No es una metáfora. Lo vi, lo juro.

Una gota oscura, espesa, cayó desde el centro de su lomo y se deslizó entre sus páginas como si lamentara algo que ni siquiera él podía nombrar. Cuando le pregunté qué ocurría, me contestó con una voz casi inaudible: que en la próxima limpieza tal vez no volviera a despertar. Que lo dejarían ir. Que lo borraría si no se vendía al finalizar la venta nocturna. Puede que sean mis nervios, pero juro que Chucky se rio, seguro él lo sacó de su lugar y lo trajo para asustarnos.

Nadie quiso preguntarle a qué se refería. Pero todos entendimos. Algo se estaba rompiendo, o tal vez ya estaba roto.

Comenzaron a llevarse a los libros de pensamiento crítico. Luego al ensayo de sociología. Después al poemario sin ilustraciones. No se los llevaban para leerlos. Se los llevaban para hacer espacio. Era por rutina. Por decoración, consumo o estética. Nos convertimos en parte del mobiliario.

Esos monstruos, los que aún leían, lo hacían con soberbia. Nos usaban como espadas para cortar a otros. Nos usaban como espejos para alimentar su ego, como un concurso para ver quién sabe más, como si eso los hiciera superiores, con derecho a minimizar a quienes no leen tanto. No queremos ser comprados, no basta con ser leídos, hay que pensar, pero no, no nos leían. Nos usaban. ¡Nos usaban!

Un libro no es un trofeo. Una revista no es una postal. Y, sin embargo, nos han vaciado. Nos han secado.

Yo, la revista, lo observo todo desde aquí. Nadie me abre desde hace semanas. Mis grapas se oxidan con lentitud, como si cada punto de metal registrara el paso del tiempo. Mis páginas han perdido filo. Antes cortaban como ideas afiladas; ahora se sienten blandas, torpes, húmedas por la humedad del olvido. Las palabras impresas sobre mí comienzan a desdibujarse. A veces creo que me estoy borrando incluso sin que nadie me toque.

Mi propósito, ese impulso inicial que me dio vida, se está diluyendo. No tengo certeza de cuánto tiempo más resistiré. Nadie parece notarlo. Nadie se sienta a leerme.

Y si nadie me lee, ¿acaso sigo existiendo? ¿Habrá por ahí algún registro de mi existencia?

 

Hay noches en que escucho los estantes crujir como huesos viejos. A veces creo que es el edificio, pero otras veces pienso que somos nosotros, rompiéndonos por dentro. Uno a uno. Sin hacer ruido. Porque el fin de los libros no empieza con fuego ni censura. Llega con indiferencia.

Hay polvo en el aire. No polvo común. Es transparente, parece un presagio. Un anuncio. Un final que se repite como eco en cada lomo que aún resiste.

Los lectores se van. Los humanos se quedan. La vanidad se multiplica.

 

Y yo, la revista, lo veo todo. Siento cómo mis grapas ceden. Cómo mi voz, antológica, única, se diluye en un murmullo ilegible.

Tal vez mañana no exista. Tal vez esto que estás leyendo sea lo último que logre decir. Antes de que nos cierren, antes de que nos unamos a las efímeras ideas de donde fuimos concebidos. Antes de que todo lo que fuimos se vuelva ceniza, y silencio, nos resguarden en stock, o nos pase como al viejo libro destintado, sin identidad reconocible.

Tal vez la siguiente vez que alguien pase frente a mí, yo no logre reconocerme. Tal vez este pensamiento, que ahora apenas logro ordenar, sea lo último que alguien lea de mí.

Y si así ha de ser, que al menos sirva como advertencia. No a los lectores. A los que todavía sienten, que escuchan cuando un libro tiembla en la oscuridad.

La noche se aproxima, aunque aquí dentro no cambia la luz. La feria cerrará pronto. Volverán a cubrirnos con plásticos como cadáveres, mañana nos regresan a las casas, a la librería y esto habrá sido solo una ilusión. Una vez más, Chucky y yo seremos los últimos en dormir. Quizá el olvido es más piadoso que el deseo no consumado de ser leído, realmente leído.

Por cierto… ¿les conté que el muñeco de Chucky que tienen aquí, el de utilería, no es el de la película… pero se mueve como si lo fuera? Lo vi, lo juro. Tomó uno de los libros viejos de otro pasillo, lo trajo, lo abrió con paciencia, y se sentó a leerlo.

Como si aún creyera que algo —al menos algo— puede salvarse, supongo que para eso es la FIL, o eso quiero creer.

 

Elienai Lucero Hernández

Elienai Lucero Hernández

Directora de Multimedia

Me llamo Elienai Lucero Hernández, me llaman Elienai, Lluvia, Kumy, Niennai, Nai, Nani, a veces soy Lúth L. L. H. En casi todas mis versiones soy aficionada de la literatura, la loca de los cuadernos, dibujos y misionera de la revista Katabasis ¿Ya leíste todos los números? ...deberías.

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