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Ilustración: Sofía Olago

David Crauley

Por aquel entonces ya estaba convencido de que Dios nunca tuvo plan para salvarnos a todos: era mentira, a algunos nos había abandonado para sufrir por pecados de los que ni siquiera éramos conscientes, no tenía ninguna duda al respecto. Y el choque terrorífico de los gruesos tacones de Sor Cándida contra el suelo entrando en el aula, anunciando una tediosa y larga sesión cara a cara con diapositivas descoloridas que narraban la vida y obra de Cristo como un evento fabuloso desconectado de nuestras inocentes existencias, sin ninguna acción y sádicamente sangriento y doloroso, me reafirmaba en mis sospechas. Cándida, así se hacía llamar la austera bruja, como si hubiera establecido una paz generosa, cordial y fraterna con toda la humanidad, eso sí, debidamente bautizada, piadosa y conforme con la culpa y el pecado como si estuvieran lidiando con la ineludible calor de una sofocante tarde de verano.

Lo primero que hacía era cerrar con llave la puerta del aula para que nadie se pusiera a salvo de la gesta del Nazareno. A continuación, encendía el aparato y empezaba a narrar el contexto de todas y cada una de las diapositivas en las que, el Nazareno, siempre aparecía retratado con la mirada desviada y la cabeza alzada como un meapilas cualquiera frustrado porque había vuelto a correrse encima de sus propios zapatos. Sor Cándida, no podía hacer nada por evitar revelarnos el hondo sentido de todas aquellas situaciones teatrales con la voz imperiosa y, al mismo tiempo, íntimamente afligida de una mujer que parecía estar reprimiendo los rigores de un severo castigo con la cabeza muy alta, so pena de que el sentido de toda su vida se fuera por el desagüe de un plumazo y terminara suicidándose con una sobredosis de heroína en la cama de un burdel clandestino decepcionada consigo misma al descubrir que el Papa, después de todo, era un hombre equivocado como todos los demás.

Después de cuatro años estábamos terriblemente aburridos y fastidiados con todo aquello. En nuestros pechos maltratábamos a los Santos que recibían todos los puntapiés con su acostumbrada resignación mientras sellábamos pactos secretos con el Diablo que era un hombre lleno de alicientes. Siendo el chocolate cosa prohibida, imaginábamos que el infierno debería estar repleto de chocolatinas de todas las marcas, formas y rellenos y de niñas que sí estarían dispuestas a levantarse la falda y a enseñarnos sus braguitas cubiertas de dulces corazoncitos rosa que indicarían el tesoro en el mapa, pero no qué clase de tesoro. A cambio, nos pedirían que, nosotros, les enseñáramos nuestras  pichitas tiernas y dormilonas como querubines perezosos flotando en una eterna nube de blanco algodón.

Satisfechos con su requerimiento porque eso demostraría que, efectivamente, nuestras pichitas eran algo muy especial, pero avergonzados como un batallón de soldados desertores que se ausentaron de la toma de Berlín, nos colocaríamos todos en fila con los pantalones bajados, como ya había sucedido, exhibiendo nuestras pichitas a la mirada atenta de las niñas que, a veces, se pondrían de puntillas, alzarían sus cabezas y mirarían satisfechas como si desde aquella altura al fin hubieran hallado un sentido y una utilidad para aquel órgano tierno y dormilón. Sentido y utilidad que se escaparía a nuestra comprensión. Nosotros nos limitaríamos a pelear cara a cara con el terror en nuestros frágiles cuerpos como lo hacían aquellos aguerridos soldados de nuestros tebeos que se las veían, siempre intrépidos, en lejanas selvas asiáticas con sanguinarios nipones que solo gritaban. Cuando al fin las niñas nos obsequiaran con sus miradas conformes nos sentiríamos como heroicos supervivientes de una terrible emboscada que nos había sorprendido en inferioridad numérica y con escasa munición: la vida era hermosa y vivíamos para contarlo.

Me gustaba saltar en mi cama, desnudo, con mi pichita volando libremente oscilando en el aire feliz y juguetona, hasta que aparecía mi madre, me miraba con furia y decepción, me retorcía la oreja y me recordaba, una vez más, que los niños buenos no hacían eso. ¡Malditos niños buenos! ¿Quiénes eran esos niños buenos? ¿Dónde estaban esos bellacos que se interponían en mi camino como un muro imposible que debía trepar bajo el hostigamiento constante de mi madre?

Ninguno de nosotros aspiraba a ser un niño bueno, estábamos cansados de los niños buenos, éramos niños malos que robaban chocolatinas, jugaban al fútbol solo por el placer de patearse las espinillas y que hacían llorar a las niñas llamándolas putas. No sabíamos que era una puta, pero estábamos firmemente convencidos de que era algo atroz, porque nuestros padres se lo decían constantemente a nuestras madres, llamándose al mismo tiempo cabrones, pero, nuestras madres, no siempre se lo decían, tal vez porque sabían de muy buena tinta que, efectivamente, lo eran, pero se lo guardaban para sí mismas como si fuera el incorruptible secreto de un ritual sagrado que les pertenecía sólo a ellas. Se limitaban a mirarles con un desprecio despótico e ingobernable que iba llenando toda la estancia asfixiando el aire como una nube radioactiva que empequeñecía aún más a aquellos hombrecillos mezquinos, empeñados en sacar miel de una colmena a porrazos, mientras las abejas les picaban las pelotas diciéndoles que no se hizo la miel para los labios de los asnos que sólo rebuznaban.

Odiábamos a los niños buenos, no porque fueran buenos, sino porque no los encontrábamos por ninguna parte para aporrearles la cara, mearnos en sus zapatos y después, además, insultar a sus hermanas que serían buenas, como buenas serían también sus madres. El mundo estaba repleto de madres buenas por doquier, intransigentes y autoritarias como generales inmersos en una sangrienta batalla con el mundo que iban librando ellas solas, pero en la que nosotros también participábamos como reclutas forzados que encaraban el frente con aprehensión mientras ellas sobrevolaban nuestras tontas cabecitas con sus crucifijos destellando siniestramente anunciado cosas terribles.

¡Al diablo los niños buenos! ¡Al diablo nuestras madres!, nos decíamos mientras estudiábamos las infinitas posibilidades de una navaja automática o la prohibida vida de los sucios yonquis que tanto perturbaban a nuestras madres dispuestas a lo que fuera necesario con tal de que no fuéramos jamás unos sucios yonquis o unos granujas, de esos que iban por ahí con los pelos tiesos, acompañados de mujeres con gruesas cadenas en torno a sus sugerentes cinturas convencidas de ser mujeres mejores que todas las demás porque soñaban con acero afilado y eso era mejor que soñar con cualquier mierda tras una ventana de gastado hormigón. Ventana siempre abierta de par en par a todos los sueños rotos que amanecían cada mañana y que las miraban con desconfianza convencidas de que el Diablo estaba en la Tierra y se afeitaba las piernas como cualquier otra mujer. Aunque no eran mujeres como cualquier otra, ninguna mujer lo era, cada una regía misteriosamente con sus ojos luminosos las eternas leyes del universo dándole una razón de ser.

Habiendo descubierto este misterio todo lo demás era irrelevante, innecesario y tedioso, no había razón para retenerlo en la memoria porque todo estaba escrito en sus perfumadas pieles, incluso en las pieles de nuestras madres cuyas caricias sanaban los extraños males que nos asaltaban por las noches queriendo llevarnos con ellos, pero nosotros conocíamos el misterio y no nos dejábamos arrastrar: éramos fuertes y sabios como monjes guerreros dispuestos a prevalecer bendecidos por la fresca sombra del olor de nuestras madres marcando un camino en la densa niebla, un camino pedregoso de castigo y etérea redención.

David Crauley

David Crauley

Autor

Sofía Olago

Sofía Olago

Ilustradora

Mi nombre es Diana Sofía Olago Vera, para abreviar prefiero ser llamada Sofía Olago. Tengo 19 años y nací en Lebrija, un pequeño municipio del autoproclamado país del Sagrado Corazón de Jesús: Colombia. Sin embargo, desde pequeña he vivido dentro del área metropolitana de Bucaramanga, capital del departamento de las hormigas culonas.

Soy una aficionada del diseño que nutre su estilo y conocimientos a base de tutoriales y cacharrear softwares de edición. Actualmente, soy estudiante de Comunicación Organizacional, carrera que me dio la mano para mejorar mi autoconfianza y mis habilidades comunicativas.

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